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Créditos de las imágenes
Bibliografía
Para Théophile Gautier las estaciones son "los palacios
de la industria moderna, donde se desarrolla la religión del
siglo: la de los ferrocarriles. Estas catedrales de la nueva
humanidad son los puntos en que se cruzan las naciones, el
centro en que todo converge, el núcleo de gigantescas
estrellas cuyos rayos de hierro se extienden hasta los
confines de la tierra”.
Desde hace más de 175 años las estaciones son los ejes
centrales de las redes ferroviarias dan el ritmo a las
circulaciones ferroviarias y son el punto de llegada y
salida. Aunque hoy las hemos asimilado a nuestra
cotidianeidad, y no les prestamos mucha atención, su
presencia marca la configuración urbana de muchas ciudades y
el pulso del movimiento para una gran mayoría de habitantes;
así como el de los bienes y servicios del sistema económico.
Las estaciones son lugar de interés desde diversos enfoques:
arquitectura y urbanismo, tecnología, política y estrategia
y también desde el punto de vista artístico y cultural.
Desde el punto de vista tecnológico, las estaciones se
convierten en el edificio más representativo de la era
industrial, un elemento constructivo que se concibe como la
puerta de la ciudad; simbolizan el espectáculo del
modernismo tecnológico que supone el ferrocarril, las
grandes estaciones urbanas se diseñan de manera teatral, con
fachadas espectaculares e interiores majestuosos. Se las
provee de un elemento a la vez simbólico y funcional, el
reloj, que permite gestionar la circulación ferroviaria,
pero además durante mucho tiempo las convierte en un punto
de referencia para marcar la hora oficial. La opulencia de
la estación refleja la opulencia y la importancia de la
ciudad que la contiene.
Las primeras construcciones se realizan a imagen de templos
y catedrales, con estilo neogótico o modernista, más
adelante irán adoptando un modelo específico en el que se
combinaba el hierro, el cristal y el ladrillo. Las grandes
estaciones se estructuraron en origen en tres áreas bien
definidas y diferenciadas según su uso: mercancías, tracción
y viajeros. Las mercancías con muelles, vías de carga y
descarga, patios de camionajes, etc. El servicio de tracción
con su depósito de locomotoras, puente giratorio, naves,
etc. El edificio de viajeros de la estación además no es
solo el edificio de recepción de viajeros, sino el conjunto
de piezas que integran la parada o el destino del tren,
desde el andén a la caseta de guardagujas, pasando por el
depósito de agua, las oficinas del personal, las taquillas,
las marquesinas, las librerías, las fondas o los aseos.
Una disposición que no solo encontramos en las grandes y
monumentales estaciones. Existe un sistema rigurosamente
jerarquizado en clases, primera, segunda y tercera [en el
Zafra-Huelva llegó a existir la cuarta clase…], el mismo que
afectará a los coches de viajeros que se resuelve en
marcadas notas diferenciadas por materiales, ornamentos y
tamaños. Muchas veces las estaciones intentaban exaltar las
particularidades de las ciudades, regiones o países de las
compañías y redes ferroviarias. Su arquitectura tenía un
carácter específicamente ferroviario, identificable por
parte del público, pero en la actualidad han renegado de
toda referencia de esa clase, no solo no se lee ningún signo
que permita comprender en qué contexto se articula la
estación, sino que, además, su aséptica neutralidad da la
sensación de que son intercambiables.
La estación es el monumento prestigioso donde se guardan
aquellas máquinas ruidosas y misteriosas, las locomotoras.
Antes de llegar a ella, en el tren encontramos el paisaje
enmarcado por los largos caminos de hierro donde se ordenan
en una perfecta coreografía majestuosas composiciones de
trenes, y más allá los talleres, depósitos, rotondas,
almacenes de agua y carbón, torres de control, donde los
ferroviarios desarrollan su tarea.
También es un ir y venir de personas que el azar reúne
dentro de un coche de viajeros, es el trajín de una multitud
errante que con la velocidad se arrastra en un eterno cambio
de paisajes y perspectivas. En las primeras décadas era un
lugar de tránsito de la burguesía, una multitud de personas
bien vestidas se preparan para abordar los coches de
viajeros. Por las estaciones rurales pasó durante el siglo
XIX la migración de poblaciones campesinas hacia las
fábricas y a los puntos de mercado. Hoy pone en comunicación
a los habitantes de la periferia con sus centros de trabajo,
la estación se consolida en la efervescencia de esos
movimientos diarios. Son los mismos lugares que, gracias a
la generalización del ocio, arrastra a esas muchedumbres
hacia las estaciones para las salidas y vueltas de las
vacaciones.
El atrio del ferrocarril está lleno de gente ociosa, ocupada
en leer, charlar, pero las estaciones, por su misma función
de paso, son también el refugio de otras personas en los
límites del viaje, los marginados, nómadas modernos. En
otras ocasiones podemos ver el trajín de la carga y descarga.
La estación se convierte en nudo de la articulación del
sistema ferroviario y mercantil de la zona. El mundo de las
estaciones se extiende a las calles aledañas, que en muchos
casos adoptan el nombre del edificio que las enmarca, surgen
edificios funcionalmente relacionados con el tren, talleres,
tiendas, almacenes y hoteles, restaurantes, fondas.
A la estación llegaba también el dolor y la felicidad,
cartas, noticias, avisos o paquetes llegaban por el tren.
También las personas, encuentros y despedidas. Es recurrente
la metáfora de la estación como imagen de la vida y la
muerte. Desgarros y llantos, pañuelos blancos que sirven
para prolongar la despedida y secar las lágrimas. Besos de
adiós, abrazos del reencuentro. Estaciones que fueron salida,
destino o simple parada, estaciones contempladas con el tren
en marcha y estaciones de diez minutos. Hoy pasan
desapercibidas, pero hubo un tiempo en que las estaciones
del ferrocarril eran edificios importantes, fueron uno de
los edificios emblemáticos del siglo diecinueve que perdió
su protagonismo después de la Segunda Guerra Mundial, cuando
otros medios de transporte fueron quitando importancia al
tren.
La estación es punto de llegada o salida de la aventura, un
lugar de breves encuentros que se puede convertir en un
teatro realista en el que el destino puede actuar de la
forma más inesperada, un lugar de suspense, un sitio
peligroso o una guarida, la casa de los trenes, el punto que
nos lleva o nos aleja del hogar. Las estaciones, su
simbología y su mitología, se convierten así en un mundo, en
un no-lugar que ha alimentado la inspiración de novelistas
y poetas. En esta recopilación, no hay tratados técnicos de
arquitectura, ni de explotación de estaciones, con estos
textos e imágenes, procedentes del archivo y la biblioteca
ferroviaria, se invita a un viaje en el que los fragmentos
de obras literarias de diversos autores nos conducen y
sumergen en el mundo de las estaciones, a través de sus
historias y descripciones. Las imágenes, que forman parte de
la fototeca del archivo histórico ferroviario, han sido
elegidas por representar una imagen de la estación que se
menciona o por tener una similitud con el ambiente que
describe el texto.
Créditos:
Textos y documentación: Ana Cabanes y Leticia Martínez
Diseño Web: Jose Mariano Rodríguez
Imágenes: Archivo Histórico Ferroviario, Museo del Ferrocarril de Madrid
Bibliografía: Biblioteca Ferroviaria. Museo del Ferrocarril de Madrid
El creciente movimiento que había en el andén, las idas y venidas de los mozos de cuerda, la presencia de los agentes de policía y la llegada de personas que venían a esperar a los viajeros, todo esto indicaba que se acercaba el tren. Hacía frío. Se veía a través de la niebla a los empleados de la estación, abrigados con pellizas y polainas de fieltro, que cruzaban las vías. Retumbó a lo lejos el silbido de la locomotora y se oyó enseguida el ruido de una mole pesada en movimiento.
Un hombre y una mujer. La mujer treinta años; él catadura de viajante, o de vago, o quizá de algo peor. ¡Vaya a saber lo que sería! El caso es que discutían. El, como decimos habitualmente, aguantaba la mecha, mirando los minutos que faltaban para salir el tren. La mujer lo recriminaba. Yo comprendí que lo recriminaba, porque todos los hombres tenemos una cierta sonrisa cínica cuando una mujer nos dice, con lágrimas en los ojos, que somos unos canallas o unos pilletes.(...)
Cuando, al fin, las últimas pitadas del guarda anunciaron que el tren salía, el hombre respiró. La mujer comenzó a llorar a lágrima viva, mientras que, aprovechando el paulatino movimiento de los coches, el hombre lanzaba unas definitivas mentiras de consuelo.
Un trozo de andén de la estación de Témperley estaba débilmente iluminado por la luz que salía de una puerta de la oficina de los telegrafistas. Erdosain sentóse en un banco junto a las palancas para los cambios de vías, en la oscuridad. Tenía frío y tal vez fiebre. Además, experimentaba la impresión de que la idea criminosa era una continuidad de su cuerpo, como el hombre de tiniebla que pudiera arrojar en la luz. Un disco rojo brillaba al extremo del brazo invisible del semáforo: más allá otros círculos rojos y verdes estaban clavados en la oscuridad, y la curva del riel galvanoplastiado de esas luces sumergía en las tinieblas su redondez azulenca o carminosa. A veces la luz roja o verde, descendía. Luego todo permanecía quieto, dejando de rechinarlas cadenas en las roldanas y cesando el roce de los alambres en las piedras.
Para el joven deseoso de conocer mundo de Las buenas intenciones (1954), de Max Aub, los olores, ruidos y luces de la estación son alimento de sus ansias de aventura. En otras ocasiones a Agustín le gustaba el barullo de la estación de Atocha, allá en su hoyo; el pitido de los trenes, el olor del carbón de las locomotoras, el abolengo que adquieren las maletas por sus etiquetas multicolores. Había viajado un poco y esperaba viajar más. Un vagón de ferrocarril es una cosa muy seria a los veinte años.
La estación de ferrocarril parecía una caja de resonancia, con lamentos metálicos, bufidos inesperados, gritos horrorosos de las locomotoras. Estos ruidos se mezclaban bajo la bóveda de acero y cristal, levantada por la ingeniería civil más avanzada, con ráfagas de densísimos vapores que demoníacamente expelían, bajo su carcasa, las máquinas y los vagones alineados en los andenes. Todo estaba cubierto de hollín e incluso el aire contenía partículas invisibles. El humo se filtraba por todas partes y ensuciaba el tejido blanco de las camisas i obligaba a damas y a caballeros a cubrirse con largos guardapolvos de viaje.
Pensó que era el olor del bosque lo que le hacía acordarse de ella: rompiendo el firme hábito del olvido regresaba a San Sebastián, luego a otro lugar más lejano, desconocido todavía, como a una estación cuyo nombre aún no hubiera podido leer desde la ventanilla del tren. (…)
Dijo Lisboa cuando vio acercarse las luces de la ciudad como se dice el nombre de una mujer a la que uno está besando y que no le conmueve. En una estación que parecía abandonada el tren se detuvo junto a otro que avanzaba en dirección contraria. Sonó el silbato y los dos comenzaron a moverse muy lentamente, con un ruido de metales que chocaban sin ritmo.
Biralbo, empujado hacia delante, miró las ventanillas del otro tren, rostros precisos y lejanos que no volvería a ver nunca, que lo miraban a él con una especie de simétrica melancolía. Sola en el último vagón, antes de las luces rojas y de la regresada oscuridad, una mujer fumaba con la cabeza baja, tan absorta en sí misma que ni siquiera había alzado los ojos para mirar hacia afuera cuando su tren se puso en marcha. Llevaba un chaquetón azul oscuro con las solapas levantadas y tenía el pelo muy corto. «Fue por el pelo», me dijo luego Biralbo, «por eso al principio no la reconocí». Inútilmente se puso en pie e hizo señales con la mano al vacío, porque su tren había ingresado vertiginosamente en un túnel cuando se dio cuenta de que durante un segundo había visto a Lucrecia.
En Inglaterra los desconocidos no suelen hablarse, ni siquiera en los trenes ni durante las largas esperas, y el silencio nocturno de la estación de Didcot es uno de los más extensos que yo he conocido. (…) Unas pocas luces, separadas por decenas de metros para así evitar el despilfarro, alumbran temerosamente estos andenes aun no barridos que semejan el suelo dejado atrás por una fiesta callejera y pobre.
Apenas si se distinguen los breves tramos de piedra y riel que cada una ilumina con parpadeos, y una de ellas ilumina también mi rostro que surge de un abrigo azul marino con el cuello subido y unos zapatos y tobillos de mujer cuya dueña queda en sombra.
Aunque el tiempo parezca que se detiene aquí
en espera del tiempo que vendrá,
es este el escenario nuevo
de la vieja tragedia.
Deambulamos de paso por los largos andenes,
pero se ve que el alma está ya en otra parte.
Mientras el sol arranca de las vías
esa eléctrica esquirla que es asombro del ojo,
en paralelo huye la mirada,
sobre el metal pulido del rail,
hacia el cálido hogar
donde habita y nos salva nuestro sueño.
Dispuesto regadío es este espacio
donde el hombre cultiva
la flor de su ilusión sobre la tierra fértil
de su íntimo mayo.
Muchacha misteriosa
que no quieres mirar al que te mira,
¿aceptarán los tuyos
-en qué ausencia de mí, sin que yo lo vislumbre-
la mendiga limosna de mis ojos?
Y no hay nadie que ofrezca una moneda
en este templo impío
donde una muchedumbre, solitaria,
se arracima y la cuesta silenciosa.
Aguardamos la hora
-¿desde cuándo, hasta cuándo?-
de partir ya por fin con rumbo cierto.
Una voz apremiante
anuncia la salida de otro tren.
Y no parece nadie recordar
-bendita y sabia desmemoria-
que habremos de perder un día el nuestro.
En la estación del Norte de València crecía un caos gritón y bullicioso. Diversas vías eran ocupadas per largos convoyes que se perdían al fondo de andén, los trenes especiales de vendimiadores. Era una muchedumbre la que se agitaba, de aquí para allá, buscando su coche. Las mujeres y los niños esperaban, de mientras, vigilando los montones de bultos. Acarreábamos un bagaje copioso y pesado: las maletas llenas de alimentos, sobre todo latas de conserva y embutidos de todo tipo. Había que ahorrar cuanto más mejor, por eso nos llevábamos la máxima manutención desde casa. El salario que habíamos de cobrar era elevado respecto del que se cobraba aquí, ya que en Francia el nivel de vida era bastante más caro, pero si teníamos que comprar allí la comida, perderíamos la poca ganancia.
La arquitectura de hierro de las estaciones de ferrocarril de finales del siglo XIX me parece magnífica. Pocas veces se han construido edificios tan bellos y tan en armonía con su uso y con los objetos que han de colocarse o moverse en su interior. Me emociona el espacio que, siendo muy grande, no da nunca la sensación de un exceso retórico. Y también el bordado de las bóvedas de hierro, que responde a una lógica como la de las formas geométricas más nítidas de la naturaleza. Y me emociona el contraste entre el racionalismo de la exactitud con la que funcionan los trenes (metálicos, como las vías, como el mismo edificio), y la aureola de prestigio romántico del viaje.
Tal vez podría considerarse una afición el hecho de que le encantaran las estaciones de tren. No sabía por qué, pero desde que tenía uso de razón siempre le habían fascinado. Ya se tratara de las enormes estaciones del tren bala, de pequeñas estaciones rurales de una sola vía, o de estaciones para carga y descarga de mercancías, no importaba: todo lo que tuviera que ver con las estaciones le apasionaba.
De niño le fascinaban las maquetas de trenes, igual que a todo el mundo, pero lo que realmente le interesaba no eran las locomotoras ni los vagones construidos hasta el más mínimo detalle, ni las vías que se extendían por complejos entramados, ni los diversos dioramas, sino simplemente las maquetas de estaciones normales y corrientes.
Le gustaba mirar cómo los trenes de juguete pasaban por las estaciones, cómo iban aminorando la velocidad hasta detenerse justo delante del andén. Imaginaba el trasiego de los pasajeros, le parecía oír los avisos por megafonía y la señal de partida de los trenes, se figuraba los vivos ademanes de los empleados de la estación. En su cabeza se mezclaban realidad y ficción, e incluso a veces la emoción le hacía estremecerse. Sin embargo, era incapaz de explicar a quienes lo rodeaban por qué le atraían tanto las estaciones de ferrocarril. Y aunque hubiera conseguido explicarlo, lo más probable es que lo hubiesen considerado un bicho raro. En ocasiones, él mismo pensaba que quizá tuviera un lado no muy cuerdo.
Como de costumbre, Adam Fallmerayer se encontraba sentado en su oficina un día de marzo de 1914. El telégrafo repiqueteaba sin reposo. Y afuera llovía. Se trataba de una lluvia prematura. Una semana antes aún habían tenido que retirar la nieve de los rieles, y los trenes llegaban y partían con espantosas demoras. Una noche, de pronto, comenzó la lluvia y desapareció la nieve. Y enfrente de la pequeña estación, donde la inalcanzable majestuosidad deslumbrante de la nieve de los Alpes parecía haber prometido el dominio perpetuo del invierno, flotaba desde días atrás bruma inefable, innominable, gris y azul: nubes, cielo, lluvia y montañas en uno.
leer más...Llovía, y el aire estaba tibio. El jefe de estación Fallmerayer no había visto jamás una primavera tan temprana. En su diminuta estación nunca acostumbraron detenerse los trenes expresos que viajaban al sur, a Merano, a Trieste, a Italia. Despiadados pasaban volando frente a Fallmerayer —quien dos veces al día salía a la plataforma y saludaba con una gorra roja reluciente— y casi degradaban al jefe de estación hasta convertirlo en vigía. Las caras de los pasajeros en las grandes ventanas se desvanecían en una pasta blanca y gris. El jefe de estación Fallmerayer sólo raras veces había podido ver la cara de un pasajero que viajara hacia el sur. Y el "sur" era para él mucho más que una simple referencia geográfica. El "sur" era el mar, un mar de sol, libertad y dicha.
Una estación sucedía a otra; los vagones iban hasta los topes; eran más de las diez de la noche cuando llegamos a Barcelona. La estación, una barraca de madera, estaba abarrotada de público; seguro que la mayoría no tenía nada que hacer allí. Maletas, fardos y sacos eran arrojados a voleo. La antigua práctica-que también durante demasiado tiempo existió en Dinamarca- de registrar el equipaje n cada estación donde paraba el tren se sigue aún en España. A nuestro alrededor todo era alboroto, aglomeración, apretujones. A nuestro alrededor todo era alboroto, aglomeración, apretujones. En la calle esperaban varios omnibuses; unos pegados a la salida; otros, algo más lejos, detrás de la empalizada.
Aún era de noche cuando se detuvo la tartana delante de nuestra puerta para llevarnos a la estación; el tren salía de madrugada. No había ni una luz que alumbrase, pero las estrellas brillaban con todo su fulgor. Las sinuosas callejas estaban sumidas en la mayor oscuridad; no vimos ni un alma hasta llegar a la miserable estación. Fuera, sobre el simple suelo, ardían velas y linternas delante de los cafetuchos donde vendían agua para beber, anís y deliciosas frutas. Había mucho jaleo: el local estaba lleno de gente con y sin equipaje; campesinos liados en sus mantas exhalaban el huno de sus cigarrillos; muchachas jóvenes y mujeres talludas con los críos colgándoles de todas partes, eran el blanco de las irónicas miradas de los demás. Aprendimos lo que era esperar y rezagarse; hacía ya rato que había dado la hora de salida…
El tren corría veloz, pero antes de medianoche no llegaríamos a Alicante. En derredor reinaba la mayor oscuridad, tan sólo en las diversas estaciones lucían un par de lámparas de gas. La gente subía y bajaba de los vagones; por todas partes había barullo y achuchones. Pensé con temor en nuestra llegada a la estación de Alicante. Allí no teníamos, como en Barcelona, a nadie que saliese a recibirnos… Por fin llegamos a la estación de Alicante. Había un gentío inmenso; mas nuestro amigo llamó a tres centinelas que hacían la guardia; estaban armados, pero, con fusil y todo, ellos acudieron; ¡qué más daba! Uno cogió la maleta, el otro el saco de noche y el tercero nos consiguió sitio en una tartana que el oficial, personalmente, nos había ido a buscar. La muchedumbre se apartaba a un lado, debían tomarnos o por personajes importantes o por un par de presos que iban de traslado.
Era la estación, por antonomasia, ésta de Torralba, Torralba del Moral, y, ahora, no es sino una estación de tantas. Tenía tan acendrada, irreprimible vocación estacional, que era estación por partida doble: estación arqueológica del paleolítico inferior, con su cementerio de mamuths, y estación terminal del ferrocarril soriano, antes de los automotores Madrid-Pamplona…
En sus postreros tiempos de esplendor, esta doble estación paleolítica y ferroviaria servía comidas a porrillo, cuando se viajaba de día. Se despachaban muchas bolsas de merienda – tortilla, merluza, chuleta, panecillo, plátanos y botella de vino, cinco pesetas-, porque ahora había más trenes y paradas más cortas.
El Vicente fondista regalaba una cajetilla al viajero despistado, aunque no podía vender tabaco en la cantina, pero…
-Pero ¡cómo voy a tener al personal sin tabaco! ¡yo no puedo hacer eso, señor!¡tenga, fume!
No se habían perdido los buenos modales. Por el andén paseaban incansablemente unas muchachas de buenos ojos, con pelerinas de muchos colores. El otro Vicente, cada vez más magro, afilado, lacónico de dichos, llevaba las maletas hasta el andén, haciendo indicaciones sobre horario y servicio. De la estación de Salinas habían dado la salida y poco después se nos echaba encima el expreso. Subíamos, nos acomodábamos y un señor nos prestaba la prensa matutina de Barcelona. Se desarrollaba la letanía de conocidas estaciones: Alcuneza, Sigüenza, Baides, y demás Alacarrias. Si, pero la estación por antonomasia, la estación de los sorianos era la de Torralba, con su frío, su cantina y sus mamuths helados.
Una estación sin nadie en los andenes,
Un banco en la avenida y nadie cerca,
Un almacén abandonado,
El tope de una vía muerta,
Un autobús vacío,
Un jardín solitario,
Un tren sin luces,
La madrugada,
Un hueco,
Yo
El andén ya no vibra, está tranquilo, mis pies no se fían de sus dedos. Hasta la luz es diferente cuando uno baja. Los viajeros miran a izquierda y derecha, perdidos, a diferencia del tren, el andén no indica dirección alguna, puede recorrerse a contracorriente. Yo camino; los pasajeros se han orientado y su flujo me guía hacia la salida, la estación atestada y ruidosa, un panel luminoso de información anuncia Moscú, Irkutsk, Vladivostok, aquí estoy…
leer más...Nunca llegamos hasta el final de los viajes, siempre nos paramos antes, la estación de Novosibirsk está a medio camino, a medio camino, ahora me doy cuenta, a medio camino entre nosotros, en un vacío, en el corazón de un triángulo, en el baricentro de Rusia, en el vacío, y no hay nada más que una ciudad batiéndose contra los bosques y el invierno, una ciudad de fábricas de camiones, de aviones, de carros o dios sabe de qué otra cosa, acaso fabriquen los cohetes que estrían el cielo para llevar a los hombres a las estrellas, acaso satélites, quien sabe. La estación es glacial y no hay nada de amistoso en estos viajeros que llegan o se van, nada…La estación es hermosa, me recuerda a las de Moscú, las hermosas estaciones de Moscú, Jeanne ya no estará allí para esperarme.
Ribadavia era entonces un laberinto de piedra musgosa a la orilla del río Miño, con un castillo en ruinas y la iglesia de Santo Domingo como vigía de usos y costumbres. La Plaza Mayor estaba rodeada de pórticos y el suelo se convertía en un espejo de losas de piedra los días de lluvia. Las calles, sobre todo la judería, eran angostas, con viejas historias de prosperidad, cultivos de vid y sombras de inquisición chorreando por las fachadas de las casas. (...)
La estación era un edificio de dos plantas, con anchos muros de piedra y ventanas verdes, como un gigante durmiendo la siesta, ubicado en las afueras del pueblo.
Estaba a punto de llegar el tren de la mañana. Una docena de personas aguardaban en el andén.
La cantina, bajo los soportales, era modesta pero limpia, cuidada, con barra y suelo de madera y media docena de mesas con manteles de cuadros rojos y blancos donde sentarse a comer, a esperar el tren o a ver pasar la vida.
Algunos clientes almorzaban sentados en las mesas. Tras la Barra, Isabel terminaba de preparar una cesta con bocadillos de embutido para venderlos a través de las ventanillas del tren a los viajeros que continuaban el trayecto hasta la costa.
Había llegado ante la estación del del tren. Como siempre, me pareció irreal, un cuerpo extraño en una ciudad sin sueños salvo los de sobrevivir a su decadencia. Sobre el andén, la vieja marquesina modernista ya no protegía del sol o de las inclemencias de la lluvia o de la nieve a los viajeros, era solo un elemento decorativo tras la reforma de la estación y el soterramiento de las vías que alguien decidió para modernizar la ciudad. En el bar de esa estación que nunca cerraba, acabe yo más de una noche cuando era joven, pero ahora el bar estaba también cerrado, sustituido por una moderna cafetería sin personalidad ni historia ni deseos quizá de llegar a tenerlas.
leer más...Aunque tal vez fuera yo el que la veía así, añorante de aquella estación de ciudad provinciana y tranquila a la que llegué un buen día decidido a iniciar mi carrera como periodista.
-Es una lástima que la hayan dejado así con lo bonita que era…- musitó a mi lado un hombre, un antiguo maquinista jubilado, me dijo, que como yo miraba la estación con pena. Parecía el protagonista de la novela de Manolo que me estuviera esperando allí para presentarse.
-Sí, cenizas de la nada- le contesté yo.
-Ni cenizas siquiera-dijo el hombre- ya ni los sueños quedan…
Llega al vestíbulo de la estación, lo cruza mirando a un lado y a otro, a los viejos vencidos por el peso de las maletas, a la familia árabe profundamente dormida, apoyados todos en todos, como frágil construcción a punto del derrumbe, a los melenudos que se apiñan en los rincones, racimos de nailon multicolor, dispuestos a pasar la noche estóicamente por los suelos punto. La morena no está. Llega Manolo hasta Juanito, el limpiabotas.
-¿Dónde está la morena?
El limpia le dice que se ha ido por la vía cinco, que se dé prisa porque el tren está a punto de salir, y no puede decirle más porque Manolo ya sale zumbando a precipitarse por las escaleras que bajan a la vía cinco. Semidirecto destino Portbou Cerbere, vía Granollers, dice bien claro el cartel, letras blancas sobre fondo. De haberse permitido Manolo un instante de respiro, el limpia le hubiera dicho que la chica no ha bajado sola, que un tío muy bien vestido que podía ser de la pasma, así alto fondón, cara de poca guasa, le ha devuelto a la chica la mochila…
Manolo bajando por las escaleras sin ver ni oír. Manolo que se encuentra con un tren a la derecha y otro a la izquierda, y que descubre cuál es el próximo a salir no por los carteles indicadores ni por las monsergas de los altavoces con sordina, sino porque hay gente que se despide, gente inquieta que ya ha dicho todo lo que tenía que decir y mira hacia la máquina suplicándole que arranque de una vez.
Manolo busca la cara a morena en las ventanillas sigue corriendo y buscando aún después de pensar que no la verá, porque la chica va sola no tiene nadie de quien despedirse, y, por lo tanto, no tiene por qué asomarse a la ventanilla. Debe estar en su departamento, colocando el equipaje en la repisa.
La estación era un edificio imponente. De doble jurisdicción, francesa y española, mostraba sus rótulos en ambas lenguas sobre sus fachadas idénticas, una orientada al norte y la otra asomada al río Aragón. La terminal tenía dos explanadas de vías para conducir el tren hasta donde terminaba el horizonte, esparcidas como cabellos metálicos y paralelos delante y detrás del edificio de viajeros con su sorprendente rotundidad de espejismo centroeuropeo encajado allí. Su estructura enorme de hormigón, piedra, plancha y cristal la culminaba una cúpula inmensa en el espacio central, la gran corona de fundición bajo la que crecía el vestíbulo, tan suntuoso que parecía una catedral.
leer más...Los mostradores eran de madera labrada. Una escalinata de mármol subía a la segunda planta, donde se ubicaba el Hotel Internacional. Todas las demás dependencias ocupaban la planta baja y estaban duplicadas: las oficinas de cambio de moneda, de correos y telégrafos, las taquillas, los almacenes. Unas pertenecían a la línea de Midi, la compañía francesa, y el resto a la española, llamada de los Ferrocarriles del Norte.
Desde allí el convoy llegaba Pau y enlazaba con Paris. Atravesaba la columna vertebral de Los Pirineos por el túnel de Somport y pespunteaba el mapa elevado por la por la cordillera.
La estación se había proyectado como un escaparate de España que deslumbrara a quienes lo cruzarán. Ese propósito se había cumplido con creces porque la impresión que causaba este palacio ferroviario en los viajeros extranjeros era insuperable.
Y era este edificio el que estaba destinado a acoger al grupo de judíos que había llegado hasta Canfranc unas seis horas antes en el tren de la noche desde Pau la capital de los Pirineos Atlánticos, en la región de Aquitania. Procedían tanto de Alemania como de otros países bajo el dominio del Reich. Los organizadores de su evasión les dijeron que en todo momento debían obedecer las indicaciones de Didier un obrero de vida y obras, de unos 40 años, muy musculoso con poco pelo, callado, pero que sonreía en cuanto tenía ocasión.
Y al final los rumorosos árboles del paseo del Prado y las verjas del botánico, el hotel que ahora se llamaba nacional, la encrucijada plana donde emergía del horizonte como un pináculo de cristal y de hierro, la estación de Atocha, su forma tan extraña como enterrada o sumergida a medias, la miseria movediza y sombría de sus profundos de sus proximidades.
Caminé hacia la estación por la misma acera por donde él debió de ir al Bar Corinto. Crucé sus sucios vestíbulos. Anduve con aire de casualidad y pereza entre los pasillos de armarios metálicos de las consignas, buscando el número señalado en la llave…
El azul del fondo era más claro y más limpio que el del mar, pero por los andenes y vestíbulos de la estación cundía un desorden desesperado e inmundo, una angustia de trenes perdidos o interminablemente retrasados, que ensombrecía los rostros de fatiga y de insomnio, y se adhería a las paredes y al suelo como una suciedad de hollín y de grasa no limpiada en muchos años, igual que la negrura de las vigas metálicas más altas, entre las que volaban los pájaros solitarios chocando contra las aristas de hierro, despavoridos por el eco de los altavoces, chillando bajo las bóvedas como gaviotas lejanas. No había un solo lugar en la estación que no oliera a humo agrio de tabaco y a ropa sudada y maltratada en las noches de los trenes y en las salas de espera. Pensé con un doble sentimiento de dolor y de huida, que ésta ya no era mi patria, y me apresuré a alejarme de la estación como si abandonara un barco condenado al naufragio, oliéndome la ropa, mirándome en los escaparates para comprobar que no había sido contagiado.
Desde que sucumbieron las grandes locomotoras de vapor, San Andrés- que técnicamente un viejo cartelón todavía anuncia como Astorga-Clasificación- empezó a hundirse en la ruina, aunque se mantienen erguidas las enormes edificaciones de ladrillo rojo y continúen en su lugar, olvidados, herrumbrosos e inútiles, los pesados adminículos de la técnica ferroviaria, junto a un silo de grano de tecnocrática y fea modernidad.
A veintisiete kilómetros hacia el oeste, también perdió su sangre y sus humos negros, su vitalidad y su ruido, el depósito de Brañuelas, donde se enganchaba a los convoyes una segunda locomotora para ayudarles a subir los puertos bercianos y los gallegos después, junto a los altos del Manzanal, eran tiempos heroicos, incluso para el tren.
La verdadera estación de Astorga, de la que a estas horas han desaparecido las distribuidoras de mantecadas, es pulcra, sosegada, como la ciudad misma, pacífica en su soledad y silencio. Desde que cerraron la línea de viajeros por la ruta de la plata hasta Plasencia, hay menos trajín y se perdió la animación antigua de los andaluces que subían a trabajar en Asturias y de los asturianos que bajaban a buscar los soles meridionales. Se está formando un mercancías con vagones de fueloil. Para las azucareras de Benavente. Un hombre joven de uniforme amarillo cuenta con entusiasmo el trasiego de mercancías por estos pagos…
El día que nos anunciaron su llegada fue para mí un día de fiesta. Deseoso de hacer penetrar a la madre de mi amigo las delicias de la nueva vida, fui a comprar un ramo de flores. Aleccionando después a Martina para que se lo endosase a la señora en el momento de detenerse el tren. Poco después, la casa entera se puso a galope. Nos restaban pocos minutos para salir hacia la estación. Me poseía un hormiguillo semejante al que recorría mi estómago en vísperas de exámenes, que no permitía a mi cuerpo estarse quieto. Reía por cualquier nadería y experimentaba una vergüenza íntima y recelosa ante la inminente entrega del ramo de flores a la madre de mi amigo.
leer más...Al fin, luego de regresar dos veces a casa desde la mitad del camino para subsanar sendos olvidos de doña Gregoria, entramos en la estación. Mi corazón se agitaba al deambular por el andén. Olía a tren, a viaje a distancia y a despedidas. Compadecía desde lo más hondo de mi pecho a los que se habían congregado allí para decir adiós a alguien. Otra vez la ley del contraste vigorizando la actividad humana. Sonó a distancia un chillido penetrante.
Acto seguido se recortó sobre la vía el morro de la locomotora negra y bufante, después de doblar la última curva. Mis pies adquirieron un peso absurdo. Les notaba clavados en el suelo, sin permitirme el menor movimiento. Cuando la locomotora de entró en el andén, fumosa y jadeante, me sentí libre otra vez…
El movimiento de rotación del mundo se aceleró bajo las plantas de mis pies. Quería ver todo y no veía nada. Oía solamente pronunciar mi nombre por una voz conocida. De repente le vi. Le vi entre un enjambre de cabezas todas iguales asomadas por la ventanilla. El agitaba los brazos con entusiasmo y me sonreía. En la ventanilla de al lado, su madre sonreía también con su mejilla casi pegada a la del hombre. Vi a avanzar a Martina levantando el ramo por encima de su cabecita. Casi me eché sobre ella.
- ¡No se lo des! - la dije con tal imperio que la niña se asustó.
Me dirigió su mirada azul, redonda, como inquiriendo de mí qué destino dábamos entonces a las bellas rosas.
- ¡Tíralas! - añadí, atravesad de mal humor- ¡Ahí!, ¡en cualquier parte! ¡a la vía misma!
Me obedeció Martina, sin entenderme, y el pobre ramo quedó allí desarticulado, deforme, mustio, cruzado sobre el raíl brillante.
La pequeña estación estaba casi desierta. Era la pequeña estación de una localidad costera con palmeras y pitas junto a los bancos de madera. En su inicio más allá de la verja de hierro forjado, había una calle que llevaba al pueblo; al fondo una escalinata de piedra bajaba hasta la playa.
El jefe de estación asomó de la cabina de cristal con tablero de mandos y caminó bajo la marquesina hasta las vías. Era un hombrecillo gordo con bigotes. Encendió un cigarrillo y miró con incertidumbre el cielo lleno de nubes. Sacó una mano fuera de la marquesina para ver si comenzaba a llover, luego dio media vuelta y metió las manos en los bolsillos con aire absorto.
Los dos obreros que aguardaban el tren, sentados en en el banco bajo el rótulo con el nombre de la localidad le hicieron un breve saludo y él contestó con un gesto de la cabeza. En el otro banco estaba sentado una anciana vestida de negro, con una maleta atada con un cordel. El jefe de estación miró a uno y otro lado de las vías, la campana que anunciaba la llegada de los trenes comenzó a sonar y él entró de nuevo en la cabina.
La muchacha surgió de la verja en aquel momento. Llevaba un vestido de lunares, unos zapatos que se atan al tobillo y una chaqueta de lana azul. Caminaba rápidamente, como si tuviera frío, y una masa de pelo rubio flotaba debajo de su fular. Llevaba en la mano un maletín de tela y un bolsito de paja. Uno de los obreros la siguió con la mirada y dio un codazo a su compañero, que parecía distraído. La muchacha miró al suelo con indiferencia y entró a la sala de espera cerrando la puerta a sus espaldas. Estaba desierta. Había una gran estufa de hierro en una esquina y la muchacha se dirigió a ella quizá con la esperanza de que estuviera encendida. (…)
La puerta se abrió de golpe y entro un hombre. Era alto y flaco, llevaba un impermeable claro que se cerraba con un cinturón y un sombrero de fieltro que le cubría parte de la cara. La muchacha se levantó inmediatamente y lanzó un gritito: ¡Eddie!
El hombre se llevó un dedo a los labios y avanzó hacia ella. Sonrió y la estrechó en sus brazos. La muchacha dejó caer la cabeza sobre su pecho, abrazándole.
(…)La campana de la estación dejó de sonar empezó a oírse el ruido del tren en la lejanía. El hombre se levantó y se metió las manos en los bolsillos.
-Te acompaño al andén.
La muchacha sacudió la cabeza con firmeza.
-No quiero es peligroso.
-Te acompaño De todos modos.
-Por favor.
-Otra cosa, dijo el moviéndose, sé que el mayor es un hombre joven y galante no le dediques demasiadas sonrisas.
La muchacha le miró suplicante
- ¡Oh, Eddie! Exclamó con tono desgarrador ofreciéndole la boca
Él la tomó por la cintura con un brazo, obligándolo a obligar a doblarse ligeramente hacia atrás. Mirándola a los ojos acercó lentamente su boca a la de ella y la besó con pasión. Fue un beso intenso y largo, se oyó un murmullo de aprobación y alguien silbó.
-¡Corten!, dijo el ayudante, ¡Final de la escena!
Era la hora en punto cuando entré en el tiznado vestíbulo y perdí otro minuto en averiguar el andén correspondiente. Al alcanzar finalmente mi destino, el tren objeto de mis celebridades se estaba formando, término este muy usual en el habla ferroviaria, cuyo significado no acabo de comprender bien. La proverbial impuntualidad de la Renfe me había salvado.
El andén y la estación entera eran un pandemónium. Había empezado el caudaloso y lucrativo flujo de turistas que año tras año persisten en acudir a este país en busca de las caricias de nuestro sol, el hacinamiento de nuestras playas y el devaluado costo de nuestras pitanzas, compuestas de gazpacho aguado, albóndigas sospechosas y una rodajita de melón.
Los desconcertados viajeros se esforzaban en balde por traducir a sus respectivas lenguas, lo que unos altavoces gangosos difundían. Al socaire de esta confusión, robé a un niño el cartoncito marrón que había de permitirme viajar en la legalidad. Más tarde presencié como la madre del niño abofeteaba a éste ante la mirada estricta del revisor. Me dio un poco de pena, pero me consolé pensando que aquella enseñanza tal vez le fuera útil al niño en el futuro. Había oscurecido cuando el tren traspuso los últimos confines de la ciudad y se adentró en los campos mustios…
Dos horas más tarde, el tren se detuvo en un apeadero de adobe oscurecido por un siglo de hollín y desidia. En el andén se alineaban cacharros metálicos de como un metro de altura, en cuyos costados se leía: Productos Lácteos Mamasa, la Pobla de l’Escorpí. Me apeé, pues allí iba. Del apeadero al pueblo serpenteaba use un sendero pedregoso y lóbrego, por lo que anduve medio cohibido por un silencio solo roto por el susurro de los árboles y el ruido de algún bicho.
Se iba, se equivocó de estación. Ponferrada es la partida de varias comunicaciones ferroviarias. ¡Cuántas estaciones tiene!, Antonio no sabía que fueran tantas.
No, señor; de aquí salen los trenes para Laciana.
Al fin llegó. Eran las nueve y cuarto en punto casi se desesperó. La encontraré, aunque haya llegado. Ponferrada no es tan grande, la encontraré. Buscó a un empleado en una pequeña oficina que olía a patatas fermentadas. Estaba llena de sacos de patatas que lo invadían todo, dejando un pequeño espacio para la mesa. Cubierta de papeles y manchas de tinta, para unas grandes telarañas en el techo y para el flaco empleado con gorra gallonada y gafas.
No ha mirado el horario, señor, ¿cómo quiere que haya llegado el tren de Villa de Robre si tiene la entrada a las nueve y media.
El empleado volvió a su tarea. Antonio vio que estaba descifrando un crucigrama de un periódico infantil. La cara del hombre se arrugaba profundamente, se acaba la punta de la lengua. Delante de él, un reloj, pasaba sus minutos.
Antonio Sonrió, recordó su angustia en el camino, la lluvia que había empapado sus cabellos, que se la habían metido por el cuello de la gabardina. Ya había mojado su camisa. Tenía la impresión de que era un vencedor. De que Paulina sería suya para siempre. Solo por eso, porque había llegado a tiempo. Era curioso, todo el rato había tenido la obsesión de que el tren de Paulina llegaría a las nueve. Riéndose de su propia debilidad, se metió en un urinario, salió asqueado, pálido. Parezco una mujer remilgada, pero dieron ganas de vomitar. ¡Vaya pocilga!
La noche olía bien. Llovía, delante de la estación había dos árboles limpios regados por los haces de luz de los faroles, espolvoreados por la lluvia.
La gabardina de Antonio estaba completamente empapada. Goteaba agua por los bajos, sobre su pantalón. Era un hombre joven y muy flaco. Y la gabardina, mientras paseaba por debajo de la marquesina de la estación, parecía ser algo aparte de ningún ser humano. Era como una pieza de ropa colgada, que la risa moviese lentamente del destilarse gotas oscuras.
En Madrid, al mediodía, mientras esperaba la salida del nuevo tren que le llevaría al fin a casa, apenas se movió de la estación. Había hecho un largo recorrido en taxi, atravesando la ciudad, para llevar su equipaje de la estación del Norte a la de Atocha, y algo había visto de las calles, de la gente y de los edificios, pero ni entonces ni cuando se encontró, con mucho tiempo por delante, en el andén del que partiría de nuevo, se atrevió a asomarse siquiera a lo que afuera pudiera ser la capital; y no solo por estar agotado del viaje y desear, sobre todo, lavarse y dormir, sino porque aquella era una emoción que quería reservarse enteramente para cuando se encontrará más cómodo y fresco, o, si acaso, algo menos sentimental e intranquilo, más familiarizado.
leer más...Había comido en un bar cercano a la estación y luego había dado un par de vueltas por las calles de los alrededores, ennegrecidas por el carbón y el polvo, para acabar sentado en un banco del andén, frente al mismo tren parado y muerto que había de tomar horas después.
Era el último tramo del viaje, la última etapa de su regreso, el paso que había que dar para hallarse, al fin, en casa. Ya tenía ganas (...)
Era casi medianoche cuando el tren entró en la estación de la ciudad. El viaje, para él, acababa allí. Bajaban algunos otros viajeros, en silencio, como entumecidos, exhalando nubecitas de vaho. Los andenes estaban casi desiertos. Aquella era la estación del ferrocarril, en efecto. El primer panorama que recordaba de verdad, el primer lugar, lugar que casi le era familiar. Paredes rosadas y oscuras, suelo de losas húmedas, y grises; Anís de La Asturiana, Nitrato de Chile, y viejas figuras grabadas en baldosas cuadriculadas e incrustadas en lo alto de la pared, el reloj, no se entretuvo mucho en mirar. Llevaba a duras penas su maleta y los paquetes, el gabán puesto, la cartera de mano al franquear la angosta puerta. No hubo grandes recibimientos.
leer más...Unos abrazos a alguno de los que venían, el grupo familiar que esperaba el joven matrimonio, las risas discretas, el desfile casi silencioso de unos tras otros por la puerta, la cabeza baja ladeada hacia la parte del cuerpo cuyo brazo se colgaba en el equipaje. Y así dejó casi inadvertidamente que el muchacho que se acercaba diciendo maletas, por costumbre, mozo, maletas, le tomará la suya y comenzará a andar cargado ante él, casi antes de haberle indicado la dirección. Destemplado por las largas horas de viaje sin descanso, encontraba la noche aún más fría de lo que estaba, y la calle más desamparada y vacía. Andando tras el chico de las maletas, se dio cuenta de que había variado mucho el camino de la estación. Seguía siendo igualmente largo, pero no nos separaba de la ciudad, sino que unía a ella, con todos los nuevos edificios y viviendas levantadas en lo que habían sido oscuros, descampados. La calle era muy ancha, casi como una avenida y estaba iluminada. Había, por lo menos, una bombilla encendida en la esquina de cada casa, y algunas luces más tendidas sobre el centro de la calzada, agitadas y mecidas entonces por las ráfagas de viento, que cortaba, a intervalos el resplandor de una de ellas.
El tren se retrasaba cada sábado;
oscurecía bajo la estructura
de hierro y de cristal de la estación de Francia,
con olor a carbón en los andenes
y el mostrador mojado en la cantina.
Entre el humo, los trenes y la gente
ella y yo, desde lejos, ya te reconocíamos.
Hoy miro los andenes, la llegada de un tren,
con los ojos de un niño que es un viejo.
Donde acaba la bóveda, la noche
Es tán oscura, como en la posguerra.
Amarillo, el reloj sobre las vías
Señala una salida, la del tren de la muerte,
al que subes con gorro de oficial
para volar los puentes en esta retirada
de un tiempo que jamás vendrá a buscarnos.
Las estaciones de ferrocarril son la entrada forzosa de las ciudades y dan la primera impresión de ellas. Y una primera impresión suele ser el núcleo alrededor del cual se agrupan las impresiones sucesivas. El viajero que llega a Granada y lo primero que descubre es una estación, como otras muchas que ha visto, sin la menor huella de nuestro carácter o de lo que él se figura que debe ser nuestro carácter, piensa en el acto que está en un pueblo donde por casualidad se encuentra la la Alhambra; y como después en el interior, no recibirá otras impresiones capaces de destruir esta primera, nos abandonará convencido de que somos pueblo por todos los cuatro costados. La diferencia entre pueblo y ciudad está precisamente en que la ciudad tiene espíritu, un espíritu que todo lo baña, lo modela y lo dignifica.
leer más...... Basta hacer un viaje por Alemania y ver sus admirables estaciones de ferrocarril. Cada estación es una obra de arte en su género, y encaja tan admirablemente en la ciudad en que está enclavada, que se diría haber sido construida hace siglos cuando fundaron la ciudad. La idea de estas construcciones no ha salido de un cerebro solo, sino que es la obra común de una nación. Y mientras en otros países el ferrocarril es algo, aquí no es nada. ¿Qué valor ideal tiene un tren para que se le considere como algo independiente del resto de las cosas, para que se lo mire como un elemento extraño en nuestras costumbres? Es un coche grande que anda deprisa; no tiene derecho a imponernos un nuevo tipo de arquitectura prosaica; debe someterse; si la ciudad es gótica, que la estación de ferrocarril sea gótica; y si es morisca, morisca.
De las estaciones alemanas, las mejores son las más pequeñas, aquellas en que ha sido más fácil dominar los materiales de construcción. Pero aún en las estaciones monumentales, como las de Colonia, Hannover o Berlín, en las que el hierro es el material dominante, hay siempre rasgos de buen gusto que las apartan de caer en lo exclusivamente utilitario.
Disimulada y frágil como un nido
eres desde la paz de tus andenes,
libre de humo y carbón, limpia de ruido,
la estación de los sueños y los trenes.
Emigran y regresan por tus vías
vagones con aperos de labranza,
locomotoras de olvidados días,
dulces viajeras, rumbo a la esperanza.
Tú a todos, muda y casta, los acoges,
los despides, sensible al desconsuelo
y grabas en su alma- íntimos bojes-
la sonrisa, la lágrima, el pañuelo.
Por ti se va, no a la ciudad doliente,
sino al largo, torcido laberinto
del mundo. Soledades del ausente
vendrán luego a morir en tu recinto.
Viajeros del amor y la fortuna
de ti hicieron la llave de sus sueños.
Crujió la cerradura. En parte alguna
vieron cuajar los sueños halagüeños.
No, tren coma mansueto de orden e ironía
que vas rezando el hilo del trayecto.
Tú eres cauce ejemplar de la poesía,
motivo a la presión del intelecto.
Los entresueños de la madrugada
son tus leves, divinos acarreos
entre pinos de línea torsionada,
por las trincheras de color burdeos,
sobre la recta esbelta del viaducto
cuyo fragor avisa el fin del viaje,
invitando a gozar -breve usufructo-
los líricos abismos del paisaje.
Momento en que el zagal contempla absorto
desde el arroyo, la cabeza alzada;
el verde de hojalata del tren corto,
puente violeta y piedra sonrosada.
Estación de la paz. Viajes, beatos
de luminosa e inmarcesible estela.
En mi álbum de paisajes y retratos
los vuestros guardo en múltiple acuarela.
En la bajada de la estación, algunas mujeres ofrecen al viajero tabaco, plátanos, bocadillos de tortilla. Se ven soldados con su maleta de madera al hombro y campesinos de sombrero flexible que vuelve su lugar. En los jardines, entre el alborozo de miles de gorriones, se escucha el silbo de un mirlo. En el patio está formada la larga, lenta cola de los billetes. Una familia duerme sobre un banco de hierro, debajo de un letrero que advierte: “cuidado con los rateros”. Desde las paredes saludan al viajero los anuncios de los productos de hace treinta y cinco años, de los remedios, que ya no existen, de los emplastos porosos, los calzoncillos contra catarros, los inefables, automáticos modos de combatir la calvicie.
leer más...El viajero, al pasar al andén, nota como un ahogo. Los trenes duermen, en silencio, sobre las negras vías, mientras la gente camina sin hablar, como sobrecogida, a hacerse un sitio a gusto entre las filas de vagones. Unas débiles bombillas iluminan mal la escena. El viajero, mientras busca su tercera, piensa que anda por un inmenso almacén de ataúdes, poblado de almas en pena, al hombro, el doble bagaje de los pecados y las obras de misericordia...El tren sale, son ya las siete. De repente, al escapar de la marquesina, el viajero descubre que ya es de día. Dos trenes salen a la misma hora y corren paralelos hasta que el otro tira para abajo, camino de Getafe.
Ya era de noche. La estación nucleaba, una gran masa oscura de indecisos reflejos en las cristaleras. Llovía tenue muy persistentemente. Los andenes mojados por la lluvia eran doblemente negros, de un negro profundo, sereno ocular, donde los faroles hacían un reguero anaranjado de luz triste. El quiosco de la prensa tenía los cierres echados. En la sala, donde estaban las ventanillas de las taquillas, habían apagado todas las lámparas, excepto una, que quedaba muy alto y expandía tan poca luz, que los rincones permanecían en penumbra.
En los andenes, una mujer barría junto a los bancos de madera. Tenía una respiración casi suspirante. Levantaba la cabeza a veces con inquietud.
Por entre las vías centrales, vacías, caminaba un empleado abrigado por un zamarrón, llevando en la mano un farol de señales. Saltaba de traviesa a traviesa. Entre las traviesas se formaban charcos de agua negra con grasa sobrenadando que a la luz se irisaba.
Olaja había quedado en vía muerta, con los fuegos casi apagados. Tras de una pequeña locomotora de maniobras se destacaba su estructura de viejo modelo. de material de antes. Higinio y Mendaña la acababan de dejar.
Asilo de la espera, la estación no es, todavía, nada más que una sencilla casa puesta en el paisaje, solitaria y deshabitada, que ignora el sabor del repentino beso y el de la lágrima perdurable. Le ha dado mucho el sol y le ha caído alguna lluvia encima a las paredes, pero aún no le ha dado la alegría del encuentro ni la tristeza de la despedida, que pertenecen a otra clase de accidentes de la naturaleza. Por eso, aunque todo está ordenadamente en su sitio, a punto, preparado para el servicio, nada es todavía, que la vida no ha soplado y no asomará hasta que llegue el tren.
leer más...Está el porche, como una casi tímida oferta de intimidad para guarecerse de la soledad o de la nieve de mañana; el reloj imperturbable, que ninguna clemencia tendrá para con nuestra prisa; la flor civilizada y amarilla de la electricidad, que nos engañará por la noche con sus guiños de estrella; los chopos, testigos de la audacia y del trabajo, centinelas del sueño. Entre el cielo alto y la tierra baja le han tomado el campo sus medidas de paz y de silencio, con una doble cinta gris, casi plata de tan brillante. Tocan a víspera en muda campana del jefe de estación y en la otra menuda y colorada que cuelga del pecho de las gentes.
La estación tiene un nombre, Campo de San Pedro. Es una referencia que figura ya en los horarios y los novísimos mapas, pero la estación carece de historia. Y tendrá que esperar que su nombre se repita y vaya de boca en boca, a que su nombre sirva para amparar, un día, el recuerdo.
Una estación es lo más lleno de fantasmas y lo más tétrico que hay. Se pasean por su andén muchos seres que quisieran tomar el tren, ansiosos, invisibles y misteriosos viajeros. Hay una inquietud en la estación que no es de los que están, sino de los otros, de los que estuvieron, de los que estarían, de los que se despidieron, de los que quisieran irse, de los que quisieran volver.
En la alta noche, sobre todo, es más verdad, cuando las estaciones están iluminadas como por una cerilla, solo por una cerilla y esa cerilla muy mortecina.
Pero los fantástico en las estaciones, lo que nadie ha tenido el valor de descubrir, es lo que se oculta en esos armarios grises y siempre cerrados que hay en la habitación del jefe.
En esos armarios están los que ha matado el tren oscuramente, los viajeros que, silenciosamente, han sido atropellados y los que han sido asesinados en los vagones de la última clase, y que si se supiese retraería al público de viajar durante una temporada. La compañía tiene ordenado que sean metidos en esos armarios grises, preparados al efecto y que hacen que pasen por lo menos diez años sin ser trasladados al depósito general de la compañía, de donde salen para el entierro definitivo.
Desde que se eso mira esos armarios grises con sus puertas largas, como la de los féretros verticales de los judíos. Y al pasearme por los andenes, medito sobre esos seres desgraciados y perdidos, colgados como un gabán viejo en el en el fondo del armario, sucio, cargado en lo alto de papeles, lleno del ambiente, impaciente, trémulo y trascendental que caracteriza a las estaciones. ¡Oscura guardarropía de los muertos más extraviados!
El viajar a Extremadura tiene un prólogo muy en su punto, que es la estación de Las Delicias. En la estación del Norte se presente el mar de las playas elegantes y el aura de las fronteras de Europa. Por la del Mediodía vaga el presentimiento de Andalucía y Levante, el Mediterráneo y todo el mundo antiguo que está detrás. La estación de Las Delicias es el comienzo de un callejón sin salida que se pierde en el campo, en la tierra que el poeta llamó tierra, la más tierra. Es cierto que por allí se va también a Portugal, que es una de las grandes ventanas de Europa hacia el mundo.
leer más...Pero el viajero no frívolo tiene la clara la clara impresión de que aquel andén de aire provinciano es, necesariamente, el punto de partida genuino para Extremadura, es decir, la región donde España se muerde la cola para no ser más que España, y que el viaje a Portugal arranca de allí provisionalmente, mientras se termina una supuesta gran estación que se está construyendo al lado para la línea Madrid-Lisboa.
Este encanto de tierra terminal que tiene Extremadura, y que se advierte ya en su estación no es incompatible, como me quería convencer una vez un extremeño, yendo los dos en el tren hacia allá; no es incompatible, digo, con el hecho de que en esta tierra hayan salido varios de los más grandes descubridores de continentes y de océanos.
- ¡Medina! ¡Parada y fonda! ¡Cambian de tren los viajeros para Zamora y para Salamanca! - gritó el mozo de la estación.
- ¡Vaya una fonda y una parada inoportunas! - exclamamos nosotros, dando un suspiro. Y nos pusimos a recoger nuestros enseres. (...)
Los viajeros que se dirigen a Salamanca en camino de hierro tienen que esperar en la estación de Medina (¡durante una hora!) la salida del tren que corre exclusivamente entre estas dos ínclitas ciudades. Cargamos, pues, con todo nuestro ajuar y echamos pie a tierra en el andén, acatando los altos incomprensibles designios de las empresas, que no han juzgado conveniente ahorrar a los viajeros esta hora de detención.
Como todavía era de noche, según queda indicado, y hacía todo el frío que nos dijeron en Sanchidrián tuvimos que refugiarnos. lo mismo que el resto de los viajeros (unos treinta, naturales de aquellas cercanías) en el diminuto descristalizado y afortunadísimo cafetín (vulgo fonda) de la estación, donde nos vimos obligados a oír, a pesar nuestro, más de una conversación ajena poco edificante y nada chistosa..., a las cuales conseguimos al cabo sustraernos, hablando entre nosotros, y en voz baja de la ilustre ciudad, a cuyas puertas vivaqueábamos tan desagradablemente.
A todo esto, había principiado amanecer; visto lo cual, nos trasladamos al andén de la estación, prefiriendo las manos al aire libre, viendo los rosicleres de la aurora a los colados y a las crecientes vulgaridades del cafetín.
El andén de la estación estaba tan silencioso como solitario. Nuestro primitivo tren había continuado su marcha hacia Irún no bien nos bajamos de él, y después había partido otro con dirección a la insigne ciudad de Zamora. ¡El único que no ha dado señales de pensar en salir el recién establecido tren de Salamanca!
...Llegó el tren de Sigüenza a un pueblo abrupto, con muros almenados prorrumpiendo de casas anchas y morenas...La estación era nuevecita, vestida de uniforme de arquitectura ferroviaria. Este supremo alarifezgo prescinde en sus fábricas o construcciones del fondo del paisaje y del lugar, y tiene por deber inexorable el rojo o ceniza de las fachadas y las salas de espera, donde nadie espera nada, porque allí nos moriríamos de tristeza como en prisión.
...Sigüenza y un amigo de pulido espíritu y abandonada apariencia, que le acompañaba, pasearon por los andenes hasta los campos. Cerca vieron un sendero que corría entre macizos de retama florida.
Desgraciadamente, esos maravillosos lugares, las estaciones, de dónde sale uno para un punto remoto, son también trágicos lugares, porque si en ellos se cumpliera el milagro por el cual las tierras que no existían más que en nuestro pensamiento serán las tierras donde vivamos, por esa misma razón, es menester renunciar al salir de la sala de espera a vernos otra vez en la habitación familiar que nos cobijaba hacía un instante. Y hay que abandonar toda esperanza de volver a casa a acostarnos cuando se decide uno a penetrar en ese antro apestado, puerta de acceso al misterio, en uno de esos inmensos talleres de cristal, como a la estación de Saint Lazare.
Por la mañana, antes de amanecer se abrieron las puertas del asilo, salieron todos los que habían pasado allí la noche y se desparramaron al momento por aquellos andurriales. Manuel y Jesús siguieron la calle de Méndez Álvaro. En los andenes de la estación del Mediodía brillaban los focos eléctricos como globos de luz en el aire negro de la noche.
De las chimeneas del taller de la estación salían columnas apretadas de humo blanco; las pupilas rojas y verdes de los faros de señales lanzaban un guiño confidencial desde sus altos soportes; las calderas en tensión de las locomotoras bramaban con espantosos alaridos. (...) Algunas tabernas, iluminadas por un quinqué de luz lánguida, estaban abiertas...Luego ya, a la claridad opaca del amanecer, fue apareciendo a la derecha el ancho tejado plomizo de la estación del Mediodía, húmedo de rocío.
En la estación de Moscú había una gran muchedumbre de gente. Ya es sabido que las estaciones rusas son lugares de reunión muy frecuentados, y que tan numerosos son los que miran como los que van a salir de viaje. Realmente, las estaciones rusas son unos auténticos mercados de noticias.
El tren al que subió Miguel Strogoff debía dejarle en Nini-Novgorod. En esta ciudad moría, en aquel entonces, la vía férrea que, uniendo Moscú con San Petersburgo, está previsto que continúe hasta la frontera rusa. Era un trayecto de unas cuatrocientas verstas (426 kilómetros) y el tren lo recorría en unas diez horas.
Al día siguiente, domingo, acababan de dar las 5:00 H de la mañana en todos los campanarios del Havre, cuando Roubaud se apeó en la estación para volver a su servicio. Todavía era de noche en la estación, los mecheros de gas seguían luciendo pálidos por el frío. Húmedos de la temprana hora y allí estaba el primer tren de Montivilliers que preparaban algunos obreros bajo las órdenes del segundo jefe de noche. Las puertas de las salas permanecían cerradas y los andenes se hallaban desiertos en aquel perezoso despertar de la estación.
Cuando Roubaud se encontró solo en el andén, se acercó lentamente al tren de Montivilliers, que estaba listo para salir.
Abriéronse las puertas de las salas y aparecieron los pasajeros: algunos cazadores con sus perros, dos o tres familias de tenderos; poca gente, en suma.
Pero despachado este tren, el primero del día, Roubaud no tenía tiempo que perder; hubo que formar el tren ómnibus de las cinco y cuarenta y cinco con destino a Rouen y París. A estas horas de la madrugada había poco personal, y las funciones del jefe segundo se complicaban con toda clase de cuidados. Así que hubo presenciado la maniobra de los mozos, consistente en pasar de la cochera, uno por uno, todos los vagones, colocarlos sobre el carretón, que reemplazaba allí a la plancha giratoria y empujarlos después, llevándolos a su destino, se fue corriendo a dar un vistazo a la distribución de los billetes y al registro de los equipajes. Una disputa entre algunos soldados y un empleado reclamó su atención.
Salió Manuel de Almazán y tuvo que esperar unas horas en Alcuneza para transbordar. Estaba cansado, y como en la estación no había bancos, se tendió en el suelo, entre fardos y pellejos de aceite. Al amanecer tomó el otro tren, y, a pesar de la dureza del asiento, logró dormirse. (...) La pequeña estación en donde su tío estaba de jefe hallábase próxima a una aldehuela pobre, rodeada de áridas pedrizas, sin árboles, ni matas. Solía hacer en aquellos parajes una temperatura siberiana, pero las inclemencias de la naturaleza no eran cosa para preocupar a un chico, y a Manuel le tenían sin cuidado.
¡Lugarejo, dos minutos!, gritó una voz, rápida y ronca. Don Víctor asomó la cabeza por la ventanilla. La estación, triste cabaña muy pintada de chocolate y muerta de frío, estaba al alcance de su mano o poco más distante. Sobre la puerta, asomada a una ventana, una mujer rubia, como de treinta años, daba de mamar a un niño. “Es la mujer del jefe. Viven en este desierto. Felices ellos, pensó Quintanar.
-¿Qué es esto? - dijo volviéndose a su compañero.
-Miranda de Ebro -contestó el lacónicamente.
-¡Qué sed tengo!- murmuró Lucía- diera por un vaso de agua...
-Bajémonos, beberá usted en la fonda- respondió Artegui, a quien el imprevisto suceso comenzaba a sacar de su abstracción. Y saltando el primero, ofreció el brazo a Lucía, que se apoyó sin ceremonias, y a impulsos de la sed, echó a correr hacia la cantina, donde algunas botellas empezadas, naranjas a medio exprimir, tarros de horchata y jarabe, frasquitos de azahar, se disputaban un mostrador cubierto de zinc y unos estantes pintados de amarillo. Sirviéronle el agua, y sin dar tiempo a que se disolviese el bolado, la bebió a sorbetones, de prisa; sacudió los mojados dedos, limpiándose después con su pañolito. Artegui pagó.
El elegante comedor de la estación de Hendaya, alhajado con el gusto y esmero especial que despliegan los franceses para obsequiar, atraer y exprimir al parroquiano, convidaba la intimidad, con sus altos y discretos cortinajes de colores mortecinos, su revestimiento de madera oscura, su enorme chimenea de bronce y mármol, su aparador espléndido, que dominaba una pareja de anchos y barrigudos tibores japoneses, rameados de plantas y aves exóticas; fulgurante de argentería Ruolz, y cargado con montones de vajillas de china opaca. Artegui y Lucía eligieron una mesa chica para dos cubiertos.
La estación se construía a cinco verstas de las de la ciudad. Se contaba que los ingenieros exigían un presente de cincuenta mil rublos para hacer pasar la vía férrea por la población; el consejo municipal no quiso más dar más de cuarenta mil, discreparon en diez mil, y luego los de la ciudad se arrepintieron, pues había que abrir hasta la estación una carretera la cual, según el presupuesto costaría más. Se han colocado ya las traviesas y los raíles en toda la línea. circulaban trenes auxiliares que transportaban materiales de construcción y obreros; faltaba solo acabar los puentes, que construía Dolzhikov, y algunas estaciones.
-¿Es usted el señor Don José Rey?- preguntó echando mano al sombrero.
-Sí. y usted- repuso el caballero con alegría- será el criado de doña Perfecta que viene a buscarme a este apeadero para conducirme a Orbajosa.
(...)
¿En dónde está el equipaje del señorito?
Allí, bajo el reloj lo veo. Son tres bultos, dos maletas y un mundo de libros para el señor don Cayetano. Tome usted el talón. Un momento después, señor y escudero hallábanse a espaldas de la barraca llamada estación, frente a un caminejo que partiendo de allí se perdía en las vecinas lomas desnudas, donde confusamente se distinguía el miserable caserío de Villahorrenda. Tres caballerías deberían transportarlo todo, hombres y mundos. Una jaca, de no mala estampa, era destinada al caballero. El tío Licurgo oprimiría los lomos de un cuartago venerable, algo desvencijado aunque seguro, y el macho cuyo freno debía regir un joven zagal de piernas listas y fogosa sangre, cargaría el equipaje.
Llegó pronto a la estación, su tren todavía no había llegado, pero en la sala de tercera clase, sucia y ennegrecida por el humo, ya había mucha gente. El frío reunió allí a trabajadores de paso, habían entrado cocheros para entrar en calor, y personas mal vestidas, que no tenían hogar. También había pasajeros, algunos campesinos, un comerciante grueso con un abrigo, un abrigo de piel de castor, un sacerdote con su hija, una joven con la cara pintada de viruela, unos cinco soldados, y personas inquietas de clase media. La gente fumaba, hablaba, bebían té y vodka. Cerca de la barra, alguien reía con ganas, sobre las cabezas flotaban nubes de humo. Rechinaba la puerta al abrirse, y los goznes se movían y sonaban cuando lo cerraban ruidosamente. El olor a tabaco y a pescado salado se metía espesamente en la nariz. La madre se sentó en la entrada muy a la vista, y se quedó esperando.
¡Qué precisión de movimientos en las estaciones o puntos de descanso, para dirigir metódicamente y con una asombrosa celeridad, el relevo continuo de los viajeros y sus equipajes, la instrucción, la inspección prudente de las máquinas! ¡Qué método, orden y sabia administración en el desempeño en el desempeño de tantas oficinas; en las innumerables anotaciones de tantos viajeros; en el peso, colocación y trasiego de sus equipajes; en la carga del sinnúmero de mercancías, efectos y animales que ocupan los carros últimos del convoy!
Pero más o menos acertado, Malinas es hoy punto céntrico de todos los ramales. Así, la estación de Malinas es un infierno. Esparcidas acá y allá multitud de máquinas de vapor vomitando todas por sus chimeneas nubes de negro humo; derramados aquí y allá furgones de carbón de piedra, (...) atronados los oídos con el penetrante son de las trompetas que avisan la llegada de un convoy o la salida del otro; (...) la estación de Malinas es la imagen de la vida abreviada, la estación de Malinas es el infierno. Y lo es a todas las horas del día, porque no hay hora del día en que no lleguen y partan convoyes en todas las direcciones y por todas las direcciones.
leer más...Magnífico y sorprendente cuadro, mil veces aún más interesante y más poético cuando se presencia en horas avanzadas de una noche oscura (porque los caminos de hierro lo mismo andan de noche que de día) con el reflejo de mil faroles y de mil teas que alumbran los convoyes, que representan batallones de estrellas marchando entre nubes, y que ofrecen al observador el espectáculo más grandioso, variado y admirable que la civilización moderna puede ostentar.
La estación de Hannover es un poema de la industria. De elevadísima techumbre, de innumerables vías, contenía al llegar dieciséis trenes, y a cada momento uno se ponía en marcha.
Miles de lámparas eléctricas, de arco voltaico o incandescentes, poblaban el oscuro espacio de constelaciones luminosas. Ruedan sin ruido cientos de vagonetas que conducen equipajes; vocean sus mercancías, muchachos, ofreciendo al viajero cerveza, pasteles, carne, fiambre y ¡cosa espantable con este frío!...sorbetes. Vendedores de periódicos pululan entre el concurso ambulante anunciando hojas escritas en todos los idiomas - menos en castellano- desde el Stándard, londonés hasta el Tagebat Berliner; desde Il Sécolo de Milán, al Golos de Rusia.
La magnitud de la estación y los edificios adyacentes, las maniobras, las grúas, los cocheros, los tinglados, los andenes, las agujas, las carboneras, los muelles y todo cuanto constituye el material fijo y móvil y el mueblaje imponente de uso de estos infiernos de actividad y movimiento. Que se llaman estaciones de ferrocarriles.
Don Nemesio se alzó del asiento restregándose los ojos, y apenas lo hizo soltó el chorro de nuevo, haciéndose sabedor de los lances curiosos que le habían pasado en los diferentes viajes que había corrido por aquella línea. En Manzanares le dieron un café detestable, manteca rancia; otra vez el jefe de estación de Alcázar no le había querido facturar el equipaje dos minutos después; otra vez, en la fonda de Mengíbar no les dieron tiempo a almorzar; pero él, un gran tunante, se burló del fondista, considerándose de lo que había en la mesa y llevándoselo al coche. Mientras tanto, yo envidiaba al catalán que, enteramente cubierto por la manta, no rebullía. Pero como no es posible la felicidad en este mundo, cuando yo estaba pensando en ella, apareció el revisor y le despertó exigiéndole el billete. Se levantó de muy mal humor, por no variar.
Llegamos a la estación de Baeza, donde el catalán se bajó del coche. Don Nemesio y yo permanecimos en él. Sonó la campanilla, dio el mozo la voz a los viajeros, se oyó el estrépito de las portezuelas al cerrarse, y nuestro catalán no aparecía, don Nemesio, experimentó viva inquietud.
(...)¡Caramba, caramba, ese hombre va a perder el tren!.
Cuando sonó el pito del jefe y la máquina contestó con un formidable resoplido, don Nemesio, presa de indescriptible ansiedad, asomó su calva venerable por la ventanilla gritando:
-¡Puig, Puig!...mozo, mire usted, si en el retrete hay un caballero catalán.
El mozo se encogió de hombros con indiferencia.
Arrancó el tren y comenzó majestuosamente a separarse de la estación, y mi compañero de viaje seguía gritando a la ventanilla:
-¡Puig, Puig!
-Se ha quedado el pobre señor con gorra y zapatillas, sin abrigo alguno, sin maleta. Se me ocurre una cosa. En la primera estación dejamos estos efectos al jefe y le telegrafiamos, ¿no le parece a usted?
Si no hay nada más bullicioso, más accidentado, ni más alegre que la estación de un ferrocarril cuando el tren acaba de llegar o se prepara a partir durante el día, tampoco existe sitio alguno más callado, más quieto, más triste, cuando el convoy ha desaparecido en la noche y ha de pasar mucho tiempo antes de que venga otro. Los empleados, poco ha tan activos y alborotadores, callan y después de inspeccionar los coches vacíos, se retiran a descansar. Las máquinas que se quedan ahí de repuesto después de una larga jornada arrojan de su hornillo las débiles asmas que caen esmaltando fugazmente un suelo negro como el suelo del infierno.
leer más...Los últimos rechinamientos de los goznes cansados, de los topes herrumbosos, de los ejes que aún se estremecen después de quietos, se pierden en el silencio de la noche como la postrera espiral de humo en la inmensidad del cielo(... ) Todo es negro porque el polvillo del carbón, que ha extendido por el piso una alfombra de azabache, no ha perdonado los coches, los furgones, las grúas y los tinglados. Los carros de mercancías puestos en fila ofrecen extraña silueta: aquí las pipas cubiertas con su sudario de lona encerada forman una serie ilegible; más allá de las vigas aparecen haces de gigantescos espárragos; luego las jaulas de aves de corral presentan su tejido, en el cual se cruzan listones de claridad y de sombra; después los sacos de trigo semejan conejos colosales que se han acurrucado unos contra otros para dormir, y los cestos vacíos se representan a las imaginaciones como volátiles dormidos que van a agitar las alas y huir al menor ruido.
Amparito, en el opuesto ángulo del coche, atendía a las maniobras de la estación y observaba sin chistar los viajeros que, afanados, corrían a buscar sus puestos; los vendedores de refrescos, de libros y periódicos, las carretillas que transportaban equipajes y el ir y venir presuroso del jefe y los empleados.
Sentáronse a la mesa dispuesta para los viajeros, mesa trivial, sellada por la vulgar promiscuidad que en ella se establecía a todas horas; muy larga y cubierta de hule y cercada, como la gallina de sus polluelos, de otras mesitas chicas, con servicios de té, de café y de chocolate. (...) La monotonía del prolongado salón abrumada. Tarifas, mapas y anuncios, pendientes de las paredes, prestaban al lugar no sé qué perfiles de oficina.
leer más...El fondo de la pieza ocupábalo un alto mostrador atestado de rimeros de platos, de grupos de cristalería recién lavada, de fruteros, donde las pirámides de manzanas y peras parpadeaban ante el verde fuerte del musgo. En la mesa principal, en dos floreros de azul porcelana, acababan de mustiarse lacias flores, rosas tardías, girasoles inodoros. (...) Trajéronles la comida invariable de los fontines: sopa de hierbas, chuletas esparrilladas, secos alones de pollo, algún pescado recaliente, jamón frío en magrísimas lonchas, queso y frutas.
Sí; tienen una profunda poesía los caminos de hierro. La tienen las anchas, inmensas estaciones de las grandes urbes, con su marcha constante -vaivén eterno de la vida- de multitud de trenes; los silbatos agudos de las locomotoras que repercuten bajo las vastas bóvedas de cristales; el barbotar clamoroso del vapor en las calderas; el zurrir estridente de las carretillas; el tráfago de la muchedumbre; el llegar raudo, impetuoso, de los veloces expresos, que no sabemos qué misterio se aleja de la campiñas y calladas. Tienen poesía las pequeñas estaciones en que un tren lento se detiene largamente, en una mañana abrasadora de verano; el sol lo llena todo y ciega las lejanías, todo silencio; unos pájaros pían en las acacias que hay frente a la estación;
leer más...por la carretera polvorienta, solitaria, se aleja un carricoche hacia el poblado, que destaca con su campanario agudo, techado de negruzca pizarra. Tienen poesía esas otras estaciones cercanas a viejas ciudades, a las que, en la tarde del domingo, durante el crepúsculo, salen a pasear las muchachas y van devaneando lentamente, a lo largo del andén, cogidas de los brazos escrudiñando, curiosamente la gente de los coches. Tiene, en fin, poesía la llegada del tren, allá de madrugada, a una estación de capital de provincia; pasado el primer momento del arribo, acomodados los viajeros que esperaban, el silencio, un profundo silencio, ha tornado hacerse en la estación; se escucha el resoplar de la locomotora; suena una larga voz; el tren se pone otra vez en marcha; y allá a lo lejos, en la oscuridad de la noche, en estas horas densas, profundas de la madrugada, se columbra el parpadeo tenue, misterioso, de las lucecitas que brillan en la ciudad dormida: una ciudad vieja, con callejuelas estrechas, con una ancha catedral, con una fonda destartalada, en la que ahora, sacando de su modorra al mozo, va a entrar un viajero recién llegado, mientras nosotros nos alejamos en el tren por la campiña negra, contemplando el titileo de esas lucecitas que se pierden y surgen de nuevo, que acaban por desaparecer definitivamente.
Yo llego la estación. ¿No sentís vosotros una simpatía profunda por las estaciones? Las estaciones en las grandes ciudades son lo primero que despierta por las mañanas a la vida inexorable y cotidiana. Y son primero los faroles de los mozos que pasan, cruzan, giran, tornan, marchan de un lado para otro, a ras del suelo, misteriosos, diligentes, sigilosos. Y son luego las carretillas y diablas, que comienzan a chirriar y gritar. Y después, el estrépito sordo, lejano, de los coches que avanzan. Y luego la ola humana que va entrando por las anchas puertas y se desparraman, acá y allá, por la inmensa nave.
leer más...Los redondos focos eléctricos, que han parpadeado toda la noche, acaban de ser apagados; suenan los silbatos agudos de las locomotoras; en el horizonte surgen resplandores, rojizos, nacarados, violetas, áureos de la aurora. Yo he contemplado este ir y venir, este trajín ruinoso, este despertar de la energía humana. El momento de sacar nuestro billete es llegado ya.
En las estaciones próximas, Brenes, Tocina y Empalme, observaba cierta animación, que no podía achacarse al número harto exiguo, de viajeros. Algunas muchachas de ojos negros con claveles rojos en el pelo, de pie sobre el andén, sonreían a los que nos asomamos a las ventanillas. Todas las casetas de guardas tenían ya en sus ventanas macetas con flores. Hasta las guardesas, viejas y pobremente vestidas, que, con la bandera recogida daban paso al tren, ostentaban entre sus cabellos grises, algún clavel o alelí.